Hay geometrías ocultas en cada instante que pasamos en el mundo. Tal vez no las veamos, tal vez las lentes de lo cotidiano con su pátina autómata y febril nos impidan apreciarlas. Pero están ahí. Desde que salíamos a la calle de niños, cuando cada mañana nuestros zapatos veloces escribían una historia en el cuaderno de cuadritos de las aceras…
Hace ya siglos que la ciudad nos amamanta con sus rectas. La ciudad madre nos lleva de la mano para que no nos perdamos, para que vayamos siempre con un norte. Ordena el espacio con sus calles, con sus rutinas rectilíneas. Sin darnos cuenta, poco a poco, nos crecen mapas en la mirada y en los pasos.
La rectitud, lo recto nos orienta, nos organiza, pero también nos ata pies y manos, nos hace dóciles títeres. Y entonces la ciudad, celestina y ditera, nos casa con un poliedro de cuatro paredes, suelo y techo, no vaya a venir la noche y el cielo se nos caiga encima. La ciudad dueña nos encadena para salvarnos del caos que nos habita.
Porque en el fondo somos animales y eso la ciudad lo sabe hace siglos. La ciudad creadora sabe que lo curvo nos relaja, nos acuna y adormece. Por eso remata sus muros con arcos y ojivas, nos alumbra el camino con esferas. Por eso nos gusta la Sagrada Familia, pasear en Sevilla por las Setas, las columnas del convento de las monjas con sus bailes salomónicos. Porque deseamos tirar campo a través, escapar de la cuadrícula, ver cómo se destensan el mármol y la piedra hasta parecer romperse. Y entonces dejamos que nos invadan los volúmenes salvajes, las pautas orgánicas, imperfectas, del árbol, del coral y de la llama. Por eso nos gusta el Parque Güell y deseamos guardárnoslo para siempre en una foto. Aunque sea para tenerlo enjaulado en un rectángulo.
Pero hay cierta mirada, un preciso desenfoque, que nos permite aplastar contra el suelo las lentes de lo cotidiano y deshacer nuestras cadenas. Si damos con la perspectiva y nos adentramos en ese punto de fuga, tal vez encontremos un buque navegando en un mar de baldosas y hormigón, células gigantes que flotan en el techo entre columnas dóricas, las vías del tren atravesando una pérgola… No es fácil verlas, pero hay geometrías ocultas en cada instante que pasamos en el mundo.
Están a solo un disparo de cámara.
Estás a solo un paso de conocerlas.
ANDRÉS DAVID VERDUGO
CONTRA EL CANSANCIO DE LOS OJOS
PACO ABAD, UNA ATALAYA DESDE LA QUE MIRAR
Distinguía Sartre, en este mundo de cosas que habitamos y somos, entre seres con ojos y seres sin ellos. Y estaba persuadido de que los que tenían ojos establecían sobre el resto su implacable dominio. Pero ojos tiene casi todo el mundo. La mirada es otra cosa. La visión es asunto fisiológico; la mirada, cultural. Vemos con lo que tenemos. Miramos desde lo que somos, amplio concepto de la perspectiva en Ortega.
Refiero esto porque abundan los convencidos de que son las cámaras las que hacen las fotos, pese a que a pocos se les ocurriría pensar que son los pinceles los que pintan el cuadro. Pero aunque una buena cámara ayude, ni remotamente suple. Tras ella, el ojo que ve. Y más aún, la mirada que prefiere, que selecciona, que renuncia, que decide…
Ver es cosa que, hasta sin querer, los ojos hacen. Casi cosa que, abiertos, sin más les sucede. Hay una pasividad en la visión que a nadie que se pare a pensar se le escapa. Mirar sin voluntad es imposible. No es cosa que nos suceda, sino cosa que conscientemente hacemos. Nadie mira sin querer.
Si bastara la visión para la foto, igual terminaba por bastar la cámara, cosa del tiempo. Pero si fotografiamos desde lo que somos/desde quienes somos, el fotógrafo resulta imprescindible y su firma no es garabato o rúbrica que al final del proceso se estampa, sino punto de partida.
La mirada -trastienda cultural de los ojos- se sustenta sobre una historia personal e intransferible, asentada sobre una educación y una memoria concretas. Desde éstas, se busca, se prescinde, se elige, incluso se pone. Porque si los ojos ven lo que hay, la mirada pone muchas veces aquello que luego -incluso sorprendida- encuentra. Hasta quitando pone, literalmente descubriendo. Desvelando. Que, quitando velos, lo esencial, subrayado, se vuelve con frecuencia visible.
Frente a la pretendida -pretenciosa- objetividad de la visión, la fotografía de Paco Abad reclama sin paños calientes la subjetividad. Y aunque nuestros ojos -bastoncillos y conos que en la escuela los profanos sin comprender aprendimos- estén por el color, ya de entrada prescinde a voluntad de éste, nos lo escamotea. Al fin y al cabo, ¿dónde el color?: ¿en las cosas?, ¿en los ojos?, ¿en la luz? En estas fotografías -el mundo es creación y voluntad-, no.
Ya de entrada, Abad se desentiende del color aquí para mejor atender aquello que desea captar y mostrar, pues bien podría el color -los colores- camuflar, en su discontinuidad, esa geometría urbana que ha rastreado a lo largo del tiempo. Y del espacio. Es una opción. Es una renuncia. Es decisión. Es creación. Ampliación de la naturaleza en ese “mundo 3” popperiano para este ser extraño que somos, al que -tan minúsculo- se le queda sin embargo pequeña la naturaleza y pide más o pide otra cosa, fuente que a veces ha de poner antes para calmar luego su sed. En cada una de las piezas de esta colección fotográfica, con sólo esto -lo del blanco y el negro-, ya está su autor presente, sutil visibilidad, discreta omnipresencia.
Pero hay más, mucho más. Y más interesante. Lugares mil veces vistos y, desde sí -perspectiva inédita para nosotros (pues sólo él está donde está él solo)-, renovados, inauditos. Tanto que nos obliga, desde la propuesta de su mirada, a detenernos en no pocas ocasiones para reconocerlos. Una perspectiva nueva y, de pronto, como golpe de luz, la misma realidad sabida nos sorprende recreada, puesto en jaque lo conocido. En este sentido, ese reajuste del conocimiento extraviado en la rutina, ese re-conocimiento que nos descubre más rica la realidad, más plena y más abierta siempre.
Fragmentos que componen un todo nuevo, ángulos y escorzos que otorgan identidades inéditas, mirar desde lo usualmente contemplado,… Torre o mástil sobre la ciudad varada, vagón o muro apenas distinguibles, dédalo desentrañado o greca domesticadora, políptico de luz o profana vidriera, cielo que se adentra duplicado entre las sombras, nuevas alturas bajo la natural supervivencia, proa de un sueño en su raíz encallado,… Rectas, horizontales, verticales. Curvas abiertas o ensimismadas. Y mixtas. Oblicuas convergentes, divergentes, caedizas, fugitivas. Paralelas, perpendiculares, tangentes y cortantes,… Belleza desnuda de los números antes de los números, confusión de la unidad física y aritmética y geométrica -espacio y tiempo imposiblemente detenidos en aquella extraña alquimia del papel que el callado trovador entonaba-.
¿Nada nuevo bajo el sol, bajo el cielo? Acaso él mismo, mirador irrepetible, desde cuyo generoso compartir miramos y contemplamos, en lo dado por ya visto, aquel cielo nuevo y aquella tierra nueva prometidos y olvidados en la costumbre de solamente ojos.
A veces, cuando me preguntan al respecto, respondo que yo dividiría en dos grupos a los seres humanos (es una distinción, caben tantas…): los que tienen ojos, por un lado, y los que tienen mirada, por otro. Y no me piden aclaración alguna, pues intuitivamente es algo que cualquiera capta. Que ver es una cosa y mirar es otra. Esto, por ejemplo, que Paco Abad hace y nos ofrece. Esto mismo por ejemplo, por muy buen ejemplo.
JESÚS ROMERO
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