Estamos ante una exposición singular. Cincuenta obras de un pintor seleccionadas entre el trabajo de muchos años. Óscar no tiene una formación convencional, él llegó a la pintura como terapia, para curar su espíritu dañado. Alguien le propuso buscar en el arte el sentido a las cosas y él aceptó y acogió la pintura ya para siempre como su herramienta para observar la vida, transformarla y mostrarla al mundo.
Así que Óscar empezó a llenar el lienzo de espacios geométricos que ordenan el mundo, para llenarlo de colores, seguramente en un impulso de hacer lo mismo con su vida.
Óscar ha pintado todo lo que le interesa, lo que admira, lo que respeta. También lo que le inquieta o le provoca curiosidad. Sus descubrimientos, lo que le apasiona, todo eso nos lo pinta de colores para captar nuestra atención, para compartir con nosotros todos sus hallazgos. Óscar pinta porque es un buen espectador. Y pinta con alegría, nunca hay resentimiento ni juicios amargos en sus pinturas, al contrario, se diría que ha sabido poner la pintura de su lado. Óscar observa la realidad y nos la devuelve enriquecida y llena de colores. El color le salva y salva a la realidad de su crudeza.
Ha pintado Barcelona, su ciudad durante muchos años, con el Gaudí que muchas veces sugiere en su pintura y rodeada de un mar de fantasía, de colores rabiosos y habitado por seres marinos gigantescos.
En otras pinturas se ha hecho preguntas primordiales sobre la vida, y nos las ha presentado con honestidad, sin maquillaje, con simples laberintos de colores.
Descubrió a Velázquez y sus Meninas y durante un tiempo jugó con ellas, las reprodujo en todos los colores, hermanó a Velázquez con Mondrian e incluso llegó a cambiar el perro a sus pies por uno de sus propios gatos, en un guiño al arte. Jugó también con las Majas de Goya, que aquí no iban ni vestidas ni desnudas, sino bañadas en color.
Los gatos de Óscar recuerdan a veces a esas momias egipcias que vemos en el British Museum, o representan figuras casi mitológicas, o se cuelan en obras de arte.
En su Andalucía adoptiva escogió la música por encima de todo y llenó sus lienzos con ella, de cantaores, cantaoras, guitarras; con líneas curvas, sinuosas, escribiendo sobre el lienzo, en un diálogo ahora directo con el espectador. Trazos gruesos en colores vivos, intensos. O líneas delicadas y colores de textura acuática. Es el flamenco de su Lebrija escogida, al que ha dedicado numerosas obras, en un reconocimiento admirado a tantos linajes de artistas. En estas pinturas se aprecia una observación respetuosa pero nunca medrosa ni encogida, es más bien una solemnidad entusiasta y colorida, siempre con esa necesidad de no dejarse nada en la paleta. Lienzos llenos de notas aclaratorias, nombres, títulos; es la necesidad de compartir los hallazgos del artista a lo largo de tantos años.
Antes las ciudades, el amor por los animales, la pintura misma, ahora la música en su expresión más tradicional descubierta en las familias flamencas lebrijanas.
Y luego está, como no, la música que ha ido con él toda la vida, desde los Beatles hasta el gran Dylan pasando por Iggy Pop, Hendrix, Lou Reed, los Stones... Es la música que literalmente ha sido su inspiración muchas veces, pues es la que le acompaña mientras pinta.
Líneas rectas, curvas, trazos, espacios... Siempre con el color como hilo conductor en el reconocimiento del artista a las cosas que, en definitiva, le han hecho feliz. Ciudades, espacios, arte, la naturaleza, todo se reconoce y agradece, todo se viste de colores, como un manto de ceremonias, y se regala al espectador.
Concha Marín Cadenas
V
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